domingo, 31 de agosto de 2014

Invencible

Me he sentado delante de un folio en blanco, con la firme idea de hablarle de ti, mientras por los altavoces suena la culpable de que hace unas cuantas noches hiciéramos el amor en una cama que ahora ya no me parece ni siquiera mía.

 Ahora mismo el cielo está de un color azul que parece que señale la hora de morir más que la de dar paso a una noche llena de estrellas, pero que desde mis ojos no se ven. Las ventanas de enfrente empiezan a encender las luces, quizá esperando que eso les ilumine un poco la vida; pobres, no tienen ni idea de lo que es vivir. 


Quizá yo tampoco y por eso estoy aquí, pero ya hablaremos de eso otro día. Hoy no es el momento ni el lugar.


 ¿Te has parado a pensar alguna vez lo extraño que resulta compartir cosas con alguien que hasta hace un mes ni siquiera conocías? Siempre me ha sorprendido la capacidad del tiempo-espacio de hacer coincidir a gente que a lo mejor nunca se hubiera encontrado. Menudo desperdicio. Es como esas veces que vas por la calle y alguien te sonríe, y tú te quedas con cara de gilipollas preguntándote si será a ti, si de verdad habrá visto algo en tu forma de caminar o de mirar que le haya llevado a sonreírte. Especialmente a ti. ¿Por qué? Nunca lo he comprendido. O como lo del metro; ¿nunca te ha pasado lo de ir en el metro e imaginarte una historia con la persona que tienes delante? Qué absurda pérdida de tiempo, pero qué bonito es imaginar cosas que nunca duelen. 


Mírame, otra vez lo he vuelto a hacer. Otra vez estoy dando un rodeo a lo que quiero decir porque es tan difícil explicarlo que me atrapa el miedo antes de que pueda abrir la boca. Con el tiempo he aprendido a no saber hablar de mí y de lo que quiero o pienso, supongo que es una forma de protegerme aunque no sepa de qué. Lo de aprender a veces es una mierda, ¿no te parece? 


“Para que te conozca tienes que dejarte conocer, María”. Claro, como si no lo supiera. Como si no me hubieran repetido nunca esa frase en los últimos años. Como si no se la ladrara todos los días al espejo, en silencio, mientras cierro los ojos para no verme por dentro.


 ¿Sabes? No es fácil dejar de temblar cuando tienes tanto miedo que incluso lo confundes con el frío, o con el pánico de darte la mano y que me la sueltes. Menuda movida; tú pidiéndome que no tenga miedo y yo cayendo en su espiral una y otra vez, tanto que hay días que no me deja ni respirar. 


 Y yo creyéndome invencible. 


 Hasta que 

          llegaste 
                   tú.


2 comentarios:

  1. Me ha encantado tu manera de decirlo. Hay cosas que nos cuestan tanto tanto.

    Besos

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